Juan Eslava Galán

UN PASEO DESENFADADO Y SORPRENDENTE POR EL ÁLBUM FAMILIAR DE LAS DINASTÍAS ESPAÑOLAS DE AUSTRIAS Y BORBONES EN EL 200 ANIVERSARIO DEL MUSEO DEL PRADO

«Hay detalles que aunque no figuren en las fuentes primarias un historiador concienzudo debe suplir con sentido común y conocimiento de la naturaleza humana»

(Juan Eslava Galán)

EL AUTOR

Juan Eslava Galán es doctor en Letras. Entre sus ensayos destacan Una historia de la guerra civil que no va a gustar a nadie (2005), Los años del miedo (2008), El catolicismo explicado a las ovejas (2009), De la alpargata al seiscientos (2010), Historia de España contada para escépticos (2010), Homo erectus (2011), La década que nos dejó sin aliento (2011), Historia del mundo contada para escépticos (2012), La primera guerra mundial contada para escépticos (2014), La segunda guerra mundial contada para escépticos (2015), Lujuria (2015), Avaricia (2015), La madre del cordero (2016) y, junto con su hija Diana, el recetario comentado Cocina sin tonterías (2013, Premio Gourmand). Es autor de las novelas En busca del unicornio (Premio Planeta 1987), El comedido hidalgo (Premio Ateneo de Sevilla 1991), Señorita (Premio de Novela Fernando Lara 1998), La mula (2003), Rey lobo (2009), Últimas pasiones del caballero Almafiera (2011) y Misterioso asesinato en casa de Cervantes (Premio Primavera de Novela 2015).

EL LIBRO

Se cumple el 200º aniversario del Museo del Prado y Juan Eslava Galán aporta su particular homenaje. Tratándose de él, el lector que espere una nueva mezcla, sabiamente dosificada, de humor, erudición y sentido didáctico, no se sentirá defraudado. Lo último es más evidente esta vez ya que se trata de una explicación dirigida a una niña, una nieta del autor. Algo que tiene ventajas añadidas: «Pasear con una niña por el Museo del Prado… te permite reparar en aspectos inéditos de las pinturas que antes no habías notado». Una niña avispada, que, además de ser la benefactora más joven del museo, se da cuenta de que éste «es el álbum de retratos de la familia», es decir, de los Austrias y los Borbones que tanto aparecen en sus cuadros. El Prado «no es solamente la mejor pinacoteca del mundo; es también el álbum familiar de las dinastías españolas», conviene el autor al comienzo de lo que califica –tal es el subtítulo del libro- como Un paseo desenfadado y sorprendente por el museo de los Austrias y los Borbones.

Desenfadado y sorprendente, sí; ninguno de esos adjetivos es gratuito. Desenfadado porque ese es el estilo del autor, que seguro que sabe hacerlo de otro modo, pero prefiere esa forma, marca de la casa, para felicidad de sus lectores. Y sorprendente por lo repleto de anécdotas, detalles curiosos e información sobre numerosos personajes secundarios que contiene. No es esta una historia de España –que Eslava Galán ya ha escrito-, o lo es sui generis, al bies. Sin excluir aspectos de la historia política, predomina el lado personal y cotidiano de los reyes, incluyendo lo más íntimo. Y junto a los titulares de la corona, se recogen aquí también a sus tan numerosas como poco conocidas esposas, a los también poco conocidos hijos, a algunas amantes, a los detalles de la corte y de los pintores que los hicieron posibles.

Enseñar deleitando

Al lenguaje inconfundible y el sentido del humor habituales en Eslava Galán se añade ahora una particular ironía que es clásica y muy actual a la vez. Actual, porque tiene que ver con la fiebre de lo políticamente correcto. Clásica, porque entronca con los autores

que fingían criticar, encubriendo con supuesta moralina, lo que no era tolerado y ellos mostraban.

Pero, como siempre en los libros de este autor, burla burlando, este también está lleno de información curiosa e interesante. Sobre las modas (los distintos tipos de cuellos, el uso del negro), las colecciones secretas de pinturas eróticas que tenían los reyes en tiempos menos abiertos, las joyas que aparecen en los cuadros, el uso de la corona por los reyes de España (que no se empleó después de la Edad Media) o la ignorancia de los médicos de la época («a cual más campanudo en su alto oficio, cada cual aportando sus ignorancias») y las nefastas sangrías. Sin desdeñar la receta del bloody mary (nombre que recibe por una de las esposas de Felipe II) o consejos como el no usar cremas contra la sequedad vaginal -y sí unas gotas de aceite de oliva- o no subir a la torre de San Vito de Praga.

Eslava Galán recupera, además, en este fascinante recorrido a numerosos secundarios llenos de interés. Como el infante don Luis, hijo de Felipe V y padre de la famosa condesa de Chinchón, retratada por Goya; la esposa de Amadeo de Saboya, la fugaz Maria Victoria dal Pozzo y della Cisterna (los madrileños no se privaron de hacer los chistes que tales apellidos servían en bandeja), que pudo haber sido la mejor reina de España; o la amante más oficial de Alfonso XII, la cantante Elena Sanz.

El humor, en fin, puede ser imprescindible para sobrellevar ciertos hechos históricos. Como lo de casarse con plebeyas es algo muy reciente, los reyes antiguos buscaban esposa entre las otras familias reales; lo que tenía un efecto perverso: la consanguinidad. «La tradicional endogamia de los Austrias» hizo que el 82% de sus matrimonios fuera entre parientes, lo que provocó un «colapso genético» que se manifestó en taras físicas y psíquicas: «Carlos V era bulímico; Felipe II era obsesivo compulsivo; su hijo el príncipe Carlos, psicótico sádico; Felipe III, ludópata; Felipe IV, adicto al sexo; y Carlos II, al chocolate».

Una Juana no tan loca y los Austrias mayores

«De que Juana acabó loca cabe poca duda», dice Eslava Galán, «pero también es cierto que su esposo y su padre fueron dos pájaros de cuenta que se aprovecharon de esa locura para incapacitarla y reinar en su nombre». Además, su aislamiento en una corte extraña, rodeada de una «manada de escualos», acentuó su locura. Y aunque tanto su padre, Fernando el Católico, como su hijo Carlos se mostraron despiadados con ella, las Cortes nunca la declararon incapaz ni le retiraron el título de reina.

«Contemplada desde una mentalidad actual, encontramos en Juana a una mujer moderna que se rebela contra la subordinación impuesta a las de su sexo». Así, cuando su confesor quita importancia a las infidelidades de su marido, ella replica que las aceptaría si ella pudiera hacer lo mismo. Poco religiosa, «a lo mejor era, simplemente, una mujer capaz de pensar por su cuenta en un tiempo en que eso estaba muy penado».

Carlos I, el emperador Carlos V, fue «hombre de excesos, vitalista y gran trabajador», pero también tragón, con una andorga de ilimitada capacidad, un émulo de Pantagruel que, además, dejó un reguero de mujeres preñadas.

En el retrato del Prado, hecho por Tiziano, nada es casual; aparece en él como emperador del Sacro Imperio Romano Germánico y trasunto de San Jorge.

Su hijo, Felipe II, aunque fue educado como un humanista, nunca llegó a serlo. «Fue un rey culto, apasionado por las artes y las ciencias, lo que incluía cierto interés por la alquimia y las ciencias ocultas». «Débil con poder», le definió Marañón. «Hipocondriaco inexpresivo y taciturno, distante, frío y terriblemente indeciso». «Siempre temeroso de no estar a la altura de su oficio, se replegó en sí mismo». Sus famosas impasibilidad y gravedad podrían explicarse por la timidez, rasgo esencial de su carácter. Pero era también, sobre todo con sus hijas, afectuoso y tierno. «Profundamente religioso… estaba convencido de que España y Dios estaban unidos por un pacto. Dios había promocionado a España al rango de pueblo elegido… a cambio de que ella ejerciese como su brazo armado en la tierra».

Tampoco hay nada casual en su retrato; el rosario que lleva alude a la batalla de Lepanto, librada el día de la Virgen del Rosario.

A sus hijas, Catalina Micaela e Isabel Clara Eugenia, se las ve crecer de lienzo en lienzo, ataviadas con rígidos y espectaculares vestidos cortesanos, muy aptos para una fiesta, pero no para jugar, como observa la nieta del autor. Y es que ni siquiera estas niñas se libran de algo que es denominador común en estos cuadros del Prado: casi nadie se ríe en ellos, las actitudes un tanto hieráticas y la mirada ausente quieren expresar la dignidad imperial.

Validos, reyes poco válidos y un genio de la pintura

«La pintura más fantasiosa del Museo del Prado es el óleo de Pantoja de la Cruz que representa a Felipe III revestido de media armadura y empuñando una bengala… el símbolo jerárquico de los capitanes generales. Nada más lejos del ánimo de este abúlico rey que entrar en batalla», dice Eslava Galán Este rey abúlico contó con un valido cleptómano, el duque de Lermna, que fue retratado por Rubens.

Mejor valido tuvo su hijo, Felipe IV: un conde-duque de Olivares que es, quizá, el hombre que más poder ha detentado en España antes de Franco. Pero Felipe IV –un obseso sexual que engendró treinta y siete hijos bastardos y once legítimos, que «ahorraba energía en el trabajo y la derrochaba en sus tres grandes aficiones: las mujeres, la caza y el teatro»- contó, sobre todo, con el genio de Velázquez, que le hizo el que se puede considerar su retrato oficial.

La comparación de dos modelos de Velázquez (el Papa Inocencio X y el esclavo mulato Juan de Pareja) «vale más que un tratado sobre la pavorosa injusticia de una sociedad que perpetúa los privilegios de unos pocos, amparados en el contubernio del altar y el trono, para explotar a una mayoría hambrienta y desprovista de dignidad y de derechos. Es también un reflejo del absurdo de una sociedad en la que se nace predeterminado, donde un incompetente de ilustre linaje está destinado a un alto cargo, mientras que la persona capaz pero villana no podrá escapar de la medianía».

Velázquez, además, creó una obra misteriosa y genial que no ha dejado de intrigar a los críticos, Las meninas. Destaca en ella una infanta Margarita «cuya menuda figura nos acompaña, ya para siempre, después de haberla contemplado en este lienzo». Eslava nos da cuenta de su aciago destino: tuvo su primer hijo a los dieciséis años, otro a los dieciocho y antes de cumplir los veintiuno, murió de sobreparto después de dar a luz a un hijo muerto.

El mal camino de los Austrias menores concluye en Carlos II, «un redrojo concebido con las zurrapas seminales de su decrépito padre… el triste producto final de docenas de cruzamientos consanguíneos». Confluían en él «las deficiencias nefríticas del padre, la hipocondría del abuelo, la gota del bisabuelo y la epilepsia del tatarabuelo». Dio pruebas de ser esquizofrénico paranoide, se destetó a los cuatro años de sus catorce nodrizas, empezó a caminar a los seis y aprendió a leer y escribir a duras penas ya adolescente. Un «desventurado engendro que ni siquiera podía tenerse de pie».

«La rama de los Austrias españoles había capotado por falta de descendencia, envenenada por su propia sangre y degenerada de tantos enlaces contra natura».

Siglo de Luces (y sombras)

La nueva dinastía, que traía los aires de Francia, lo que incluía una moda más colorida, abrió las ventanas. Pero su primer representante, con su cuartillo de sangre austria, también «llegaba viciado de origen». Felipe V era holgazán, perezoso y poco inteligente. Algunos consejeros añadían que carecía de valor y de honor y que le alegraría no ser rey. Su carácter depresivo derivó en locura al final de su vida.

Por el contrario, Isabel de Farnesio, su mujer, tenía «la soberbia de un espartano, la tozudez de un inglés, la sutileza italiana y la vivacidad francesa», según Federico II de Prusia.

La cosa mejoró con Fernando VI, que reinó los trece años más provechosos que conoció España desde los Reyes Católicos, apoyado en dos estupendos ministros ilustrados: el marqués de la Ensenada y don José de Carvajal.

Carlos III fue quizá el mejor rey en un país de reyes calamitosos. Sn reinado fue tan benéfico en España como lo había sido antes en Nápoles. Ha pasado a la historia con

fama de buena persona, pero «¿a qué viene esa manía de buscar bonhomía en el corazón de un rey?», se pregunta el autor.

Carlos IV, con un cerebro proporcionado a su minúscula cabeza, dio muestras de ser bastante mentecato desde muy joven. Era «un infeliz sonrosado y regordete, quizá un pelín feminoide, que parecía a propósito para ponérselo fácil a los caricaturistas con su mínima cabeza, su frente huidiza, sus ojos vacunos y su enorme nariz borbónica». «Prefería departir en corrillos de criados y palafreneros antes que en tertulias y consejos de ilustrados».

La familia de Carlos IV -reflejada en el famoso óleo sin misericordia alguna por un Goya que, en materia de retratos, era insobornable- «era un hervidero de ambiciones, de rencillas y de odios. Exceptuando al padre, un bendito que no se enteraba de nada, todos conspiraban contra todos, y la puñalada trapera y la zancadilla eran moneda cotidiana». Era una «trouppe lamentable» de la que Renoir dijo, viendo el cuadro de Goya, que el rey parecía un tabernero y la reina, una moza de mesón o algo peor.

La esposa de Carlos IV, María Luisa de Parma, poco agraciada y de expresión algo truhanesca, «pasa por ser la reina menos agraciada que ha tenido España, quizá hasta Europa». «Movida por una conmovedora modestia, nunca intentó compensar ese déficit estético con otras cualidades morales o intelectuales».

De Fernando VII, que abolió la Constitución, a Juan Carlos I, con el que se hizo la actual

Por los cuadros del Prado sabremos como a Fernando VII («quizá el peor rey que haya padecido España»), Dios, además de hacerle feo, lo hizo vil, canalla, rencoroso, miserable, taimado y desprovisto de escrúpulos. «No añado abyecto y felón porque son los adjetivos que usan casi todos los historiadores y no quisiera dar la impresión de que me dejo influir por ellos», dice Eslava. «Su actuación política estuvo siempre marcada por la traición». Abolió la Constitución, restauró la Inquisición y prohibió la libertad de prensa.

Su segunda esposa, María Isabel de Braganza, «pasó por la historia casi de puntillas, una de esas presencias humildes y silenciosas en la galería de las reinas de España, pero le dejó a su país de adopción un admirable regalo por el que hemos de quedarle perpetuamente agradecidos: el Museo del Prado».

Del primer encuentro sexual entre Fernando VII y su tercera esposa nos dejó un impagable relato Merimée en carta a Stendhal. Contó el primero la «historia guarrísima» en que «una princesa sumamente devota y educada tan cristianamente que ignoraba hasta las cosas más elementales de este mundo» se aterroriza ante el miembro viril («largo como un taco de billar») del «rijoso más grosero y desvergonzado de su reino».

No menos jugoso es el primer encuentro amoroso entre la cuarta esposa de Fernando VII, ya viuda, y su amante. Lo imagina Eslava Galán, porque «hay detalles que aunque no figuren en las fuentes primarias un historiador concienzudo debe suplir con sentido común y conocimiento de la naturaleza humana».

Tarda o incluso negada en todo, Isabel II sólo resultó precoz en el sexo. No era un prodigio de inteligencia, pero al menos tenía buen corazón. Engendró once hijos, ninguno al parecer de su marido. Los que tuvo con este se malograban en abortos posiblemente por los defectos de la consanguinidad.

La escena de Isabel II pariendo rodeada de reliquias milagrosas, que no siempre causaban el efecto esperado y por las que las monjitas que las proporcionaban obtenían generosos óbolos, es verdaderamente digna de la corte de los milagros.

Persona antojadiza y vanidosa, Alfonso XIII «gozó de muy buenos preceptores, pero no aprovechó en los estudios; se inclinaba menos por el trabajo que por el ocio señorial, los automóviles, los caballos, la caza, los deportes elitistas y el fornicio». Tuvo docenas de amantes, llegando «incluso al coleccionismo sicalíptico»; se hizo rodar películas porno cuyo argumento sugería él mismo y con actrices procedentes del Barrio Chino barcelonés. «Nunca comprendió cabalmente los problemas de España y por lo tanto mal pudo afrontarlos».

El recorrido por este «cofre precioso, archivo de la historia de España» se cierra con La familia de Juan Carlos I, «cuadro de composición aparentemente simple pero muy estudiada, especialmente en la psicología de los personajes y en sus interrelaciones». Por expreso deseo del monarca, están vestidos de calle, sencillez que contrasta con lo estudiado de su colocación. Quizá sea la obra más ambiciosa y comprometida de Antonio López, que invirtió en ella veinte años.

Sólo queda decir, como en los viejos espectáculos: Pasen y vean. El Prado nunca decepciona y de paso, aprendan y pasen un rato muy entretenido entre las páginas de este libro.

La familia del prado