Espido Freire

LA AUTORA

Espido Freire (Bilbao, 1974) debutó como escritora con Irlanda (1998), novela que recibió una espléndida acogida por la crítica y fue galardonada con el Premio Millepage, otorgado por los libreros franceses a la novela revelación extranjera. En 1999 apareció Donde siempre es octubre, y seis meses más tarde se convertía en la ganadora más joven del Premio Planeta con su obra Melocotones helados (1999). Sus otras novelas son Diabulus
in musica (2001), Nos espera la noche (2003) y Soria Moria (ganadora del Premio Ateneo de Sevilla 2007), La diosa del pubis azul (2005) y La Flor del Norte (2011). Es autora, además, de varios ensayos, colecciones de cuentos, dos novelas juveniles y un libro de poemas.

La crítica la ha reconocido como una de las voces más interesantes de la narrativa española.

 

EL LIBRO

Antes de la Revolución

Julio de 1918. Hace ocho meses que los bolcheviques han tomado el poder en Rusia. Pero su revolución no está consolidada. El mes anterior ha comenzado una guerra civil entre los revolucionarios y los llamados rusos blancos, los partidarios del viejo régimen. Estos, de momento, les van ganando terreno a los rojos. El zar Nicolás II, que, forzado por las circunstancias, abdicó en marzo del año anterior, es prisionero de los bolcheviques, junto con su familia, su mujer y sus cinco hijos. La familia imperial no sabe qué destino les aguarda. Sueñan con que les dejen instalarse en algún lugar, dentro o fuera de Rusia, en el que vivir tranquila y modestamente; pero la violencia con que se está conduciendo la revolución ensombrece esa esperanza. Un día les ordenan que recojan sus pertenencias a toda prisa porque van a ser trasladados.

Así empieza esta novela, narrada en primera persona por la última zarina de Rusia, la princesa Alix, nieta de la reina Victoria, que en Rusia, al casarse con Nicolás, ha tomado el nombre de Alejandra Feodorovna:

Alejandra Feodorovna
Alejandra Feodorovna

Nos han despertado en mitad de la noche a gritos porque nos espera un nuevo viaje. Nicolás se ha levantado, ha abierto la puerta y a través de ella, semicerrada (yo aún en camisón, el Nene asustado y confuso), ha hablado con el comisario Yurovski.

¿Qué ocurre?

 

Nada, no se preocupen, no se alteren. Obedezcan con la mayor presteza posible y todo saldrá bien”.

 

Mientras se preparan para lo que sea que les espera, una Alejandra de cuarenta y seis años rememora su vida anterior, la trayectoria que le ha llevado hasta allí.

Quien no ha vivido antes de la revolución no sabe lo que es la dulzura de la vida, escribió Talleyrand en una frase célebre. Alejandra, pese a las tempranas muertes de su madre y de un hermano, y a que su experiencia en Rusia no ha sido un camino de rosas, podría suscribir esa frase. Lo que ha conocido hasta que el huracán de la revolución se ha llevado todo por delante es la dulzura de la vida, la dulzura de vivir. Nieta de la gran reina Victoria, destinada a un matrimonio con algún heredero de la realeza europea, su adolescencia y juventud, entre bailes y comodidades, ha sido parecida a un cuento de hadas. Entre sus pretendientes está nada menos que el hijo del Príncipe de Gales (futuro rey de Inglaterra, por lo tanto), al que ella rechaza ante el escándalo de su abuela. “Ninguna mujer en el mundo podría aspirar a una posición más elevada”, le dice la reina Victoria. “Estás demostrando mucha firmeza de carácter, pero quizás no demasiada cordura… Dios nos salve. Rechazar con esa alegría al rey de Inglaterra. Así rueda el mundo”.

Victoria y Sissi, dos emperatrices legendarias

La reina Victoria, que dio nombre a toda una época, es un gran personaje de esta historia, cuya presencia, aunque esporádica, llena las páginas en que aparece como algunos actores llenan la pantalla, y se queda grabada en la mente del lector. Emperatriz y matriarca, cabeza de un imperio y de una familia a la vez, su figura y sus consejos gravitan constante- mente sobre Alejandra. Un ejemplo: “Vivimos tiempos complicados, hija, y los tuyos se complicarán aún más. Las comunicaciones prosperan, el tren acorta las distancias, hay telégrafos. La prensa habla de todo sin control, y más aún esa infame prensa del corazón, que se cebará contigo. De todo se opina, de todo se cotillea. Nos encontramos tan expuestos a la curiosidad pública y a la especulación como en tiempo de la Revolución francesa. Antes, en mi juventud, no era así. Aún contábamos con el respeto del pueblo, y sobre todo, con su miedo… Hay que recordarles con tacto, pero sin cesar, quién manda. Los hombres tienen las leyes, Alix. Las mujeres, sus vestidos”.

Elisabeth de Austria - Sissi
Elisabeth de Austria – Sissi

Otra aparición, más breve aún pero no menos impactante, es la de la legendaria Elisabeth de Austria, la famosa Sissi. “Era en efecto muy hermosa, de movimientos muy bellos, como tatuajes en el aire… resultaba inolvidable”, la recuerda Alejandra. Sissi –en la que se adivinaba “una pena al rojo vivo, muy distinta a la melancolía de buen tono en la que se sumía mi familia”- le pregunta a Alejandra si le interesan el estudio y la religión, y le aconseja: “Estudia y busca a Dios, y viaja siempre que puedas… Escápate. Esto es una trampa”. Con esto se refiere a la vida de emperatriz, porque, como afirma Alejandra, “a las emperatrices todos nos envidian pero nadie nos entiende”. “Mantente en paz contigo misma” es otro consejo de aquella emperatriz bella y triste, a la que recordará Alejandra: “era imprevisible, y en eso radicaba parte de la fascinación que despertaba”.

En Rusia

Con apenas veintidós años, Alejandra se casa con Nicolás, el heredero del zar de Rusia. Su decisión se topa con numerosos problemas. Su familia política no la quiere como esposa del futuro zar, pero éste (con una resolución que quizá le resulte cercana al lector español) se planta ante sus padres, diciendo que su mujer será Alejandra o no será ninguna. Además, está la necesidad de convertirse a la religión ortodoxa, la oficial en Rusia (también el lector español recordará un caso semejante), cuestión de Estado ante la que todos, empezando por la reina Victoria, hacen gala de sentido práctico no exento de cierta hipocresía. Finalmente, como para cualquier mujer de su época, la vida matrimonial es un mundo desconocido para Alejandra: “Nos educaban para sufrir y callar, y para desconocer en todo lo posible el mundo real”.

A la muerte del zar Alejandro III, padre de Nicolás, este sube al trono. Nicolás, que ha pasa- do a la historia con fama de débil y pusilánime, revela ese carácter en ese momento. “Se había convertido nuevamente en un niño desvalido”, recuerda Alejandra, que le anima a que muestre más determinación: “Muestra un poco de carácter”. Frases que repetirá a lo largo de veinticinco años. El caso es que Nicolás llega al poder con veintiséis años y ninguna experiencia de gobierno. “Nunca quise ser zar. ¿Cómo me voy a enfrentar a los ministros? ”, reconoce. Y Alejandra: “No estábamos preparados para ser zares”.

La ceremonia de la coronación está descrita con todo detalle en unas páginas especialmente brillantes que muestran todo el esplendor de los vestidos, los ritos, los banquetes, los bailes… Pero la tragedia acompaña a la pareja desde el primer momento. El clan que rodea a Nicolás, ya Nicolás II, los tíos Romanov, han organizado un festejo popular invitando al pueblo. Pero cuando la muchedumbre se abalanza sobre la comida y bebida que le ofrecen, se produce una avalancha en la que mueren cientos de personas. “Los rumores de mala suerte continuaban y el pueblo comenzaba a culparme de ello a mí, a la zarina extranjera que bailaba mientras los rusos humildes morían. Nunca pude perdonárselo a los tíos,  jamás”.

Miembros de la Casa Romanov en la coronación de 1896
Miembros de la Casa Romanov- Coronación 1896
Los duques de Connaught en la coronación de Nicolás II, 1896
Duques de Connaught – Coronación de Nicolás II

 

 

 

 

 

 

 

La reina Victoria, esa sombra tutelar que planea sobre toda la novela, sigue aconsejándola; en este caso para que se haga con amigos y aliados en la corte; hablándole ya como una emperatriz a otra. Algo difícil de cumplir, dado el control que la familia real rusa (o la policía que les obedece) ejerce sobre ella. “Hasta una emperatriz debe reclamar el derecho de elegir a sus amigos”, se queja Alejandra. A partir de ahí, su cometido principal es dar a luz un hijo varón que garantice la continuidad de la dinastía. El primer hijo será una niña. Cuando Nicolás le cuenta a Victoria cómo mamaba su primogénita, la vieja reina le escribe a ella: “Dile a tu marido que nunca, jamás, bajo ningún concepto, se atreva a enviarme una carta en parecidos términos a la anterior. Que no olvide nunca que hay escenas que una venerable anciana, una reina y una abuela no debería tener en su cabeza”.

Las decepciones por no tener un hijo varón se repetirán todavía cuatro veces, con las tres niñas siguientes y con un aborto. Esas frustraciones -que constituyen una constante dentro del relato, un leit motiv, un ritornello- son otro motivo de alejamiento del pueblo ruso.

Las nobles rusas la critican por criar ella misma a los hijos. “La cabeza de las jóvenes de la corte estaba ocupada únicamente por oficiales, y la de las maduras, por generales. Y ni una de ellas, ni una sola, era capaz de seguir una conversación inteligente”, recuerda Alejandra, que es una rara avis en Rusia. Ella tiene el gusto por lo sencillo, lo práctico y lo útil, considera el protocolo de la corte rusa “una mordaza y un error”, y confía “a rajatabla en la educación a la inglesa, en su seriedad y solidez”. Es una diferencia de estilos y también generacional. Nicolás y Alejandra representan, o quieren representar, algo distinto a la Rusia tradicional. “Prácticamente todos los mayores de cuarenta años consideraban que una zarina debía ser más zarina y menos madre”, dice Alejandra. Su suegra, por su parte, le reprocha que “los nobles no entienden qué mal te han hecho para que no quieras ni cruzarte con ellos”.

Las habitaciones privadas, era un hogar sobrio
Las habitaciones privadas, era un hogar sobrio

El afán de modernización del país alcanza a todos los ámbitos. Alejandra (toda la novela está construida sobre sus recuerdos o su monólogo interior; es, por tanto, su punto de vista) ex- plica cómo Nicolás aprueba una ley que limita las horas de trabajo de los obreros adultos y de las mujeres. “Fuimos el primer país europeo en hacerlo… los cambios y la modernidad comenzaban”.

Se incuba la tormenta

Pero los cambios llegan tarde, o –en opinión de Alejandra- el pueblo no los agradece. Los obreros y los estudiantes están rebelándose contra el orden establecido. “Sin que nos diéramos cuenta, como niños que traman una travesura a espaldas de sus padres, empezaron a conspirar”.

En enero de 1905 se produce la famosa procesión pacífica de obreros y campesinos que presenta sus peticiones al zar, encabezados por el padre Gapon. “¡Doscientos mil, por el amor de Dios!”, recuerda Alejandra, asustada por el número. Y añade: “A estas pobres criaturas les habían lavado el cerebro los bolcheviques. Querían libertad de prensa y de asociación cuan- do la mayoría ni siquiera sabía leer”. Un Romanov de la vieja generación que está ese día al frente del palacio y de la guardia, ordena disparar, produciéndose la conocida matanza. “¿Cómo pudo ser tan estúpido, tan inhumano? ¿No se daba cuenta del peligro en el que nos situaba?”, es la reflexión de Alejandra ante la matanza. “Ese fue el principio del fin”.

Hacia el último acto: Rasputin

A partir de ahí, los hechos se precipitan. El zar se ve obligado a aceptar un parlamento, la Duma. Cuando Alejandra se refiere a ella, la define como “ansiosa de poder” y habla de “las inútiles luchas de la Duma”. Aún no lo saben, pero son los últimos años de la dinastía y del zarismo. Y para que ese crepúsculo tenga los adecuados tonos esperpénticos, entra en escena un personaje extraño, misterioso, magnético y de inquietante ambigüedad: Rasputin, un monje sin cultura y mujeriego, pero con extraños poderes de seducción y sanación, cuyos ojos

–constata la propia zarina- no parecían de este mundo.

Sobre este personaje maldito, es de nuevo la voz de Alejandra la que habla. Frente a quienes dicen que “sus cabellos rezumaban grasa”, ella sostiene que “llevaba el cabello y la larguísima barba escrupulosamente limpios”. Las murmuraciones sobre las relaciones entre ella y Rasputin fueron constantes. “Quisiera que mi corazón descansara junto al vuestro”, escribió él en una carta de la que alguien se apropió. “Sí, la nuestra fue una historia de amor. Lo fue hasta su muerte, lo será hasta la mía. Pero no como se la han contado al mundo. No como el mundo la ha conocido”, se explica Alejandra.

Rasputin
Rasputin

La guerra de 1914 –que a Alejandra le afecta de un modo especial, íntimo y desgarrador, por ser ella alemana, país enemigo de Rusia en ese momento- es también el detonante de la revolución. La za- rina vuelve a mostrar su perplejidad cuando se acerca esa revolución definitiva. “Sin que nos diéramos casi cuenta, la ciudad se llenó de revolucionarios”. “Estaba convencida de que el pueblo me era fiel, de que tan solo los periódicos me odiaban”. “¿Qué había pasado que había alterado el corazón arcaico de aquella bendita Rusia?”. Sobre Kerensky, el primer ministro de un gobierno que ya no obedece a los zares, dice: “ángeles y demonios se disputaban el alma de aquel hombre”.

 

Una mujer llamada Alejandra

En este año del centenario de la revolución de 1917, esta magnífica novela de Espido Freire nos presenta desde dentro a uno de los personajes más importantes y menos conocidos de aquellos años: la zarina Alejandra, que fue víctima de bulos de todo tipo. Esta es su propia versión, y en ella su figura se contempla desde la intimidad. La de una mujer que ama a su familia, tiene complicidad con su marido, hace planes para el futuro de sus hijas, sufre por su hijo enfermo y quiere llevar una vida normal. “Empeñamos en ello nuestros mejores esfuerzos”, dice sobre lo último. Una mujer que al final de su vida constata: “Todos haríamos las cosas mejor si nos fuera permitido regresar a nuestra juventud”.

Llamadme Alejandra es brillante en las descripciones de las ceremonias palaciegas, penetran- te en la psicología de la protagonista, ágil en la narración, conmovedora al mostrar el dolor y la impotencia (“ frente a su sufrimiento no podíamos hacer nada”) de la protagonista ante la enfermedad, la hemofilia, de su único hijo varón. “La soledad de la madre de un niño enfermo inunda el mundo”, piensa esta mujer que es madre y esposa antes que zarina. Una esposa que quiere reivindicar a su discutido marido y la tarea de ambos como zares: “Algunos lo consideran débil. No conocen por lo que hemos pasado, la serenidad que ha hecho falta para soportarlo y la fuerza de voluntad que Nikki ha necesitado para controlar los accesos de furia que los Romanov le han legado. Ha logrado controlarse a sí mismo. Yo no conozco mayor fuerza”. “Nos han rodeado cortesanos engaña- dores y noticias falseadas. Cuando quisimos remediar los males que aquejaban al pueblo era siempre tarde, y mucho más costoso de lo que habría resultado si desde un principio nos hubieran tenido al tan- to. Nikki se resignaba con nobleza frente a estos inconvenientes”.

Y al final, cuando el mundo se derrumba para ellos y llega “el fin de una era feliz y ordenada”, la novela da también paso al horror. Hay horror en la frialdad notarial del informe del comisario responsable del asesinato de los zares: “Prepa doce revólveres y decidí quién dispararía cada uno de ellos”. “Los conduje hasta la habitación en el sótano que habíamos designado con anterioridad”. O en la declaración de la mujer del pueblo encargada de limpiar la casa: “Yo no me asusto fácilmente, camarada; pero nunca olvidaré lo que vi allí. Sangre, mucha sangre en el suelo y las paredes”. Mujer que, de paso, aporta la voz escéptica del pueblo: “Primero creímos una cosa, luego creímos otra”.

Novela inteligente y compleja bajo la sencillez del relato, deja finalmente abierta la puerta a una interpretación de los hechos distinta de la que ha venido dando Alejandra. Así, en la dura voz del bolchevique que presenta a una zarina arrogante y avara porque, al igual que sus hijas, lleva cosidas a la ropa las joyas que deberían permitirles sobrevivir fuera de Rusia. Joyas que hicieron de escudo ante las balas y las bayonetas. “Sólo ellas fueron culpables de su larga agonía”, sentencia ese bolchevique que no mostró ninguna flaqueza a la hora de disparar.

Personajes

Alejandra Feodorovna

Zarina y narradora en primera persona de la novela. Nieta de la reina Victoria y esposa del zar Nicolás II. No fue muy querida en Rusia, donde la apodaron la alemana por sus orígenes y fue especialmente mal vista durante la Primera Guerra Mundial, en la que Rusia se enfrentó a Alemania. Mantuvo sus costumbres anglogermanas que chocaron con las tradiciones rusas.

Nicolás II

Último zar de Rusia. Se vio obligado a abdicar con motivo de la revolución de febrero de 1917. Asesinado con su esposa y sus cinco hijos en 1918 por los bolcheviques que había tomado el poder en octubre del año anterior. Ha pasado a la historia con una fama, seguramente justa, de débil y pusilánime.

Rasputín

Monje misterioso, inculto pero dotado de extraños poderes de sanación (al parecer, también de vigor sexual) y personalidad subyugante. Su nombre ha quedado como sinónimo de personaje intrigante y malvado. Tuvo un gran ascendiente sobre miembros de la alta nobleza y la corte, especialmente con la zarina Alejandra. Las relaciones entre ellos dieron pie a infinitos comentarios maledicentes, sobre los que es difícil saber lo que hubo de verdad. Murió asesinado por nobles enemigos suyos.

Alexis

Quinto hijo de Nicolás y Alejandra, y el único varón. Heredero del trono, nació con la terrible enfermedad de la hemofilia, lo que hizo de él una persona absolutamente vulnerable, que debía ser vigilado y cuidado constantemente. Hubiera sido muy difícil que llegara a ocupar el trono. La revolución, en todo caso, hizo que no llegara a plantearse el problema.

Olga, Tatiana, María y Anastasia

Las cuatro hijas de Nicolás y Alejandra, de entre diecisiete y veintitrés años en el momento de ser asesinadas. Cada uno de sus nacimientos, supuso una frustración política, ya que todo el mundo esperaba un varón que pudiera ser nombrado heredero. A pesar de su belleza, no consta que los bolcheviques flaquearan a la hora de dispararlas, aunque la expresión la flaqueza del bolchevique aluda a esa posibilidad y haya servido para titular una novela y una película. Durante años se especuló con que Anastasia hubiera sobrevivido, convirtiéndose en un mito que reaparecía periódicamente (v. película con Ingrid Bergman y Yul Brinner).

Alejandro III

Penúltimo zar, padre de Nicolás. Era el reverso de su hijo: fuerte, autoritario, con carácter. Quiso educar a Nicolás para que fuera como él, en lo que fracasó claramente. A Nicolás le pesó siempre esa imagen paterna, difícil de superar.

María Feodorovna

Zarina, esposa de Alejandro III. Fuera por su propio carácter, por la nacionalidad alemana de su nuera o por el mero hecho de ser suegra, nunca demostró cariño (y más de una vez lo contrario) por Alejandra.

Reina Victoria

Longeva, de baja estatura y todo un personaje, dio su nombre a una época caracterizada por el puritanismo (quizá no exento de hipocresía) en las costumbres y el esplendor literario: Dickens, H. G. Wells, Conan Doyle, Oscar Wilde, Lewis Carroll… Consejera y protectora en la distancia de su nieta Alejandra.

Elisabeth de Austria

Universalmente conocida como Sissi, la ha inmortalizado el cine con el bello rostro de Romy Schneider. Debió de ser casi tan bella como la actriz y más interesante que el personaje almibarado de la pantalla. De carácter independiente e inquieto, murió asesinada por un anarquista. En la novela tiene una aparición breve, pero intensa e inolvidable.

Llamadme Alejandra